Por qué disfrutar de las pequeñas cosas me ha ayudado a ser más feliz
Aug 22, 2026
Como muchas personas en sus 20s, estaba sentada tomando café con una amiga, conversando de temas “existenciales”, y cuestionando nuestro propósito en la vida. Entre el café y el postre, encontramos un juego de cartas para ayudar a las personas a conocerse mejor, y una de las preguntas era: ¿Qué consideras tú que es la felicidad?
A mi parecer, esto no es algo que las personas se cuestionen con frecuencia. Solemos buscar la felicidad con tanta desesperación, pero ¿Cómo la vamos a encontrar? Si no sabemos en dónde buscarla. No tenemos una brújula que nos indique hacia dónde se encuentra la felicidad, ni un mapa que nos marque su ubicación.
Qué curioso, nos pasamos la vida persiguiendo algo, sin saber qué significa para nosotros. Es por esto que no tenemos más alternativa que ser introspectivos, y realmente cuestionarnos, ¿Qué considero yo que es la felicidad? Porque naturalmente, al ser seres tan únicos y diversos, vamos a diferir en esta respuesta. No soy nadie para decirte cómo ser feliz, pero sí puedo hablar acerca de algo que, considero, me ayudó.
Los pequeños placeres de la vida
Disfrutar las pequeñas cosas es un concepto fácil de entender, pero un poco difícil de aplicar. A pesar de que, por breves momentos, pensé que había inventado una nueva doctrina filosófica, cinco minutos de búsqueda fueron suficientes para darme cuenta de que llegué una cantidad considerable de años tarde, y me ganó el filósofo griego Epicuro.
Su postura (el epicureísmo) defiende que la felicidad se alcanza satisfaciendo los placeres que realmente necesitamos; los simples y naturales, como una buena conversación, la tranquilidad y la satisfacción de nuestras necesidades físicas, evitando en lo posible el dolor o el malestar. Por supuesto que también reconoce que, a veces, es necesario rechazar placeres que pueden causarnos sufrimiento a largo plazo, o viceversa, aceptar un dolor que nos traerá placer en el futuro.
Para Epicuro, la felicidad no estaba en tener cada vez más, sino en aprender a valorar y encontrar tranquilidad en aquello que ya tenemos.
Tener una buena conversación, encontrar una moneda en la calle, ver un paisaje bonito, ver el cielo despejado, saludar a un gato en la calle, que elogien algún accesorio que lleves puesto, pensar que no tenías saldo para el metro, pero descubrir que te quedaba justo para un pasaje, reunirte con familiares que no veías hace tiempo, agarrar un bus vacío, tomar café con tus amistades, reír hasta llorar, cantar, bailar, estar vivo.
Todos estos son ejemplos de situaciones cotidianas que, si te pasaran, probablemente no les prestarías atención, pero son precisamente esas cosas las que más hacen ruido cuando no están. Cuando ya no puedes tomar café con esa amistad. Cuando ya no puedes ver más a ese familiar. Nos acostumbramos tanto a la cotidianidad de estos momentos, que dejamos de ver el valor en ellos.
Pequeño no es sinónimo de insignificante.
Por qué nos cuesta ver lo pequeño cuando todo parece más grande
Cada vez que revisamos las redes sociales, estamos expuestos a la vida de millones de personas, a información que antes no estaba a nuestra disposición, una de las problemáticas más comunes en nuestra generación es la comparación; antes nos comparábamos con excompañeros de clase, familiares lejanos. Ahora, con todas las personas que aparecen en nuestro feed.
Vemos compras grandes, casas, carros de lujo, hauls de ropa, de skincare, viajes extravagantes, cómo ganar más dinero, cómo ser más exitoso, cómo tener más y más y más… Claro está, el contenido que consumimos está meticulosamente seleccionado para destacar los momentos extraordinarios.
¿Cómo se supone que disfrute de mi ascenso en el trabajo, cuando estoy viendo que mi influencer favorita se compró otra casa?
Mi pequeño logro, al compararlo con este logro masivo, suena insignificante; que no lo es, pero cuando me comparo, eso es lo que parece. Las pequeñas metas se ven opacadas por la ilusión de lo que vemos en las redes sociales.
La velocidad de nuestra existencia nos hace difícil detenernos
Vivimos en un mundo saturado, constantemente siendo bombardeados con información de todas partes, y nos hemos adaptado a esta nueva realidad una vez más. Hoy en día resulta cada vez más difícil detenernos a observar con detalle lo que ocurre a nuestro alrededor. Un ejemplo: imagina estar viendo TikToks, y realmente detenerte en cada uno, observar la imagen en el fondo, la escena que se desenvuelve, los elementos, el mensaje que se intenta comunicar.
No es realista. El contenido que consumimos no está diseñado para ser disecado, funciona precisamente porque no nos detenemos a analizarlo, y una vez que pasamos al siguiente, ya olvidamos lo que vimos. Traduciendo esto al mundo real, si las personas no somos capaces de observar y analizar pequeños detalles, ¿Cómo se supone que los disfrutemos?
Creo que hemos confundido prestar atención con simplemente mirar.
Okay, pero no me has dicho por qué disfrutar de las pequeñas cosas te ha ayudado a ser más feliz
Me gustaría que regresemos al café. Estamos sentadas, disfrutando de nuestra compañía, comiendo un rico postre, cuando decidimos agarrar nuevamente las cartas de preguntas, y aparece la carta, ¿Qué consideras tú que es la felicidad?
Uff, pregunta un poco complicada, la verdad no es algo que me cuestione frecuentemente, lo cual es curioso, porque creo que todos anhelamos ser felices. Últimamente he adoptado una “filosofía” que me ha ayudado mucho, y es la de disfrutar las pequeñas cosas o momentos.
Antes, cada vez que tenía un buen día, o simplemente pasaba tiempo de calidad con las personas que aprecio, decía en voz alta “hoy es el mejor día de mi vida”. Eso podía significar, me compré un helado o tuve una conversación interesante, pero realmente nunca era algo grande, como: me gradué de la escuela o me compré un carro.
Porque, para mí, no era necesario que ocurriera algo magnífico, simplemente quería reconocer lo feliz que me había hecho el momento, quería que la otra persona supiera lo contenta que me hizo. Verdaderamente sentía que era uno de los mejores días de mi vida, y sentía la necesidad de exteriorizarlo; le otorgaba ese valor a algo simple.
Aunque de forma inconsciente, siempre he tenido la virtud de genuinamente apreciar los momentos cotidianos, cosas mundanas del día a día, que me alegran el alma; hoy lo hago de forma consciente, porque yo les atribuyo valor, no porque alguien más diga que son importantes. Yo elijo todos los días encontrar razones para sonreír, así tenga que buscarlas en el aire, pero las encuentro, porque realmente existe belleza en lo mundano.
Creo que el haber pasado por una pérdida inevitablemente te va a cambiar la perspectiva, y fue eso lo que me abrió los ojos, lo que me hizo entender forzosamente que lo que más extraño no es algo extraordinario: es sentarme con esa persona, abrazar a esa persona, estar en el mismo lugar que esa persona.
Y es ahí cuando te das cuenta de que todo lo demás es decoración: pierdes un celular, te compras otro, se arruina tu camisa favorita, encuentras otra que te gusta. Pero sentarte con alguien que amas a ver el atardecer, ¿Qué lo reemplaza?
Acostarme en el césped a ver el cielo, la brisa de las 5 de la tarde, el sonido de los pericos en los árboles, caminar y que esté el clima fresco, no poder controlar mi risa, conversar con una señora amable, recibir un regalo inesperado, comer algo delicioso, que me feliciten en el trabajo, aprobar una materia, oler las flores, acariciar a mis mascotas, abrazar a mi mamá, leer bajo un árbol, encontrar un estacionamiento, que me den la chapa de un batido, aprender algo nuevo, comer chocolate, encontrar algo que perdí, que un pájaro repose cerca de mí, llegar sin tranque a mi destino, salir temprano del trabajo, bailar con mis amigos, cantar en la ducha, decirle a mi familia y amigos que los quiero.
Una vez que empiezas a ver la belleza en cosas ordinarias, es muy fácil encontrar razones para sonreír. Tal vez todo este tiempo nunca necesité una brújula para encontrar la felicidad, ni un mapa del tesoro, solo tenía que detenerme y ver lo que siempre estuvo frente a mí